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Érase una vez un nuevo
visitante en la ciudad.
Érase una vez un huevo
al lado del Alcoraz.
El chico que lo encontró
a su pandilla avisó.

No era un huevo de avestruz,
ni tampoco de gallina.
Cuando enfoca con la luz
de su linterna, alucina.
¿Por qué estará el huevo abierto?
¿Era un sueño? ¿estoy despierto?

 

No saben que es un dragón
lo que acaba de nacer.
Ni que es todo corazón
y no hay nada que temer.
Vive a su aire en el cerro.
Se hace amigo de algún perro.

A veces, sin hacer ruido,
se esconde y entra al estadio.
Prefiere ver el partido
que escucharlo por la radio.
Si esa tarde el Huesca gana
se le alegra la semana.

Una niña lo ve un día
por San Jorge, de paseo,
No llama a la policía,
sino juega al «veo veo».
Hace un dibujo precioso
de aquel bicho misterioso.

Buscan al animalillo,
pero no saben por dónde.
Le ofrecen un bocadillo
y el tragón ya no se esconde.
El Huesca le pone nombre
y le regala uniforme.

Hay dragones que echan fuego,
alguno gruñe, otro vuela.
Hay dragones que dan juego,
que leen y van a la escuela…
Pero entonces Dragonés
¿qué clase de dragón es?

Llega el partido de liga
y se acabará la duda.
No se rasca la barriga,
baila, anima, salta, ayuda.
Azulgrana, blanco y verde,
Mueve la cola y no muerde.

Jugador número doce,
la mascota talismán.
La grada lo reconoce,
con él nunca reblarán.
Ya está claro, Dragonés,
qué clase de dragón es.